viernes, 7 de enero de 2011

EL TREN DE MEDIANOCHE

EL TREN DE MEDIANOCHE
Alfred Noyes

Era un libro antiguo, empastado en tela roja, lo había encontrado, a los doce años, en la biblioteca de su padre, en uno de los estantes superiores, y contra todas las reglas, lo había llevado a su habitación para leerlo a la luz de una vela, mientras el resto de la vieja casa isabelina, llena de crujidos, se hundía en la oscuridad. Así había sido siempre la escena para Mortimer. Era su habitación una pequeña alcoba aislada, en la que la luz de dos cabos de vela robados ahuyentaba las tinieblas que habían invadido el sueño de los otros. Entonces, a diferencia de ellos, sus mayores, sentía vivir cada fibra y cada nervio de su joven cerebro con una intensidad especial. El tic-tac del reloj de la planta baja, el latido de su propio corazón, todo eso lo llenaba de un sentimiento de profundo misterio.

El antiguo libro ejercía sobre él una rara fascinación, si bien nunca logró captar con exactitud el sentido de la historia. El tren de medianoche era el título del libro, y había en la página quince un grabado insoportable para el niño. Lo horrorizaba. El pequeño Mortimer no había entendido nunca por qué la imagen le producía esa impresión. Ciertamente era un niño imaginativo, pero de ningún modo enfermo. Y pasaba la página quince como había pasado antes los rincones de la escalera, cuando aún no tenía seis años, o como el personaje del Viejo marinero, que, tras de haber mirado una sola vez en torno suyo el camino desierto, sigue su marcha sin volver jamás la cabeza. Aparentemente no había en la imagen nada que pudiera justificar ese pavor obsesivo. La penumbra que bañaba la imagen: eso era lo más impresionante. Mostraba el andén de una estación ferroviaria desierta, iluminado por la luz de una bombilla; un andén desierto que sugería un empalme perdido en una región aislada. No había sino una silueta en el andén: la silueta oscurísima de un hombre a pie a unos cuantos pasos de la bombilla, con el rostro invisible, vuelto hacia la negra boca de un túnel que, por alguna secreta razón, sumergía al niño en un abismo de terror. El hombre parecía escuchar. Tenía la actitud de un hombre en tensión, a la espera de algo, quizá de un drama espantoso. En lo que el niño había podido leer o entender del texto, nada había que justificara la impresión de pesadilla que evocaba la imagen. De cualquier manera, no podía resistir a la fascinación del libro, ni enfrentarse a la imagen en el silencio y la soledad de la noche. Y para no verla más, la sujetó a la página anterior con ayuda de dos alfileres largos. Después decidió leer la historia hasta el final. Pero siempre se dormía antes de llegar a la página 50; los contornos de lo que había leído la víspera se desvanecían; y a la noche siguiente comenzaba de nuevo y, una vez más, se dormía antes de llegar a la página 50.

Pasaron los años; Mortimer creció, lo olvidó todo: libro e imagen.

Sin embargo, un día llegó a encontrarse, poco antes de la medianoche, en el andén de una estación de trenes, en un empalme aislado. Y cuando el reloj de la estación dio las doce, recordó…

Recordó como un hombre que saliera de un sueño prolongado… Allí, bajo la única, siniestra luz, en el largo andén, se hallaba la silueta oscura y solitaria que ya conocía. Un hombre cuyo rostro invisible estaba vuelto hacia la negra boca del túnel. Parecía escuchar, tenso, al acecho, exactamente igual que treinta y ocho años atrás.

Pero Mortimer no sentía ya el pavor de aquel entonces. Iría hacia la silueta solitaria para desenmascararla, para ver al fin ese rostro que se le había ocultado por tanto tiempo. Caminaría con calma, hallaría un pretexto para abordar al desconocido: le preguntaría, por ejemplo, si el tren venía retrasado. Sería algo simple para un adulto actuar así. Pero sus manos estaban crispadas cuando dio el primer paso, como si también él estuviera tenso, al acecho de algo. Lentamente, preso una vez más de la obsesión de sus recuerdos, se dirigió hacia la silueta, la pasó y se volvió de súbito para abordarla. Y entonces vio… sin hablar, sin poder hablar: la silueta… era él mismo… sus ojos se toparon con… sus ojos, como un eco de burla, su propia mirada viviendo en su propio rostro pálido lo miraba… Todos los músculos de su corazón se estremecieron, como si la misma descarga los fuera a paralizar. Lo invadió una ola de pánico. Se volvió, jadeante, y luego se precipitó en una huida ciega, atravesó la sala de espera de la estación, corrió hacia el largo camino iluminado por la luna. Los alrededores parecían totalmente desiertos. La luna reflejaba sobre toda el área su propia desolación.

Se detuvo un instante y entonces oyó, como el eco de los suyos, los pasos entrecortados de un ser que lo seguía y atravesaba en ese momento la sala de espera. Después, sin sentir vergüenza, se abandonó a su angustia: empapado en sudor como una bestia acosada, echó a correr a lo largo del camino, lívido, entre dos hileras interminables de álamos fantasmas que se respondían una a la otra a través de una distancia aparentemente infinita. A un costado del camino, las aguas de un canal recto y largo reflejaban inexorablemente cada uno de los álamos. Oía resonar los pasos a su espalda. Parecían lentos, pero implacables. Más allá, cerca del camino, vio una casa blanca de ventanas oscuras y una puerta que imitaba la expresión de un rostro humano. Pensó que si llegaba a tiempo a la casa, podría encontrar abrigo, una oportunidad de escapar.

Los pasos que respondían a los suyos resonaban todavía lejanos cuando se arrojó, sofocado, contra la puerta: sacudió el picaporte, quiso abrir, pero fue en vano. No había timbre ni aldaba. Con los puños golpeó la madera hasta que le sangraron los nudillos. Al fin, oyó pisadas en el interior de la casa. Esas pisadas bajaron lentamente la escalera. Despacio, una mano tiró del cerrojo de la puerta. Una silueta alta apareció en la sombra. Tenía una vela en la mano, pero de tal manera que le resultaba difícil a Mortimer distinguir el rostro de esa silueta. Después, horrorizado, comprendió que el rostro estaba cubierto por una capucha.

No cambiaron ni una sola palabra. Mediante un gesto, la silueta lo invitó a pasar. Cuando Mortimer lo hizo, la silueta volvió a colocar el cerrojo tras de sí. Luego, invitándole de nuevo con un gesto, la silueta cruzó delante de él para subir la escalera carcomida.

Entraron en una pieza donde ardía el fuego en la chimenea. En cada lado del vestíbulo había un sillón. Y cerca de uno de ellos, una pequeña mesa de roble sobre la cual descansaba un libro antiguo, empastado en tela roja. Era como si el huésped hubiese sido esperado por mucho tiempo y todo estuviera listo para él.

La silueta señaló uno de los sillones, colocó la vela junto al libro y se retiró sin una palabra, echando el cerrojo de la puerta.

Mortimer miró la vela, que le pareció familiar. El olor de la cera derretida lo llevó de nuevo a la pequeña habitación de la casa isabelina de su infancia. Tomó el libro, temblando. Lo reconoció de inmediato, si bien hacía mucho tiempo que había olvidado la historia. Recordó de pronto la mancha de tinta sobre la página del título. Más tarde, sintió un estremecimiento al llegar a la página quince, que había prendido con alfileres, para ocultarla cuando aún era niño. Los alfileres seguían ahí. Tocó nuevamente los alfileres que sus dedos de niño asustado habían puesto en ese lugar.

Volvió a comenzar el libro. Estaba resulto a leerlo ahora hasta el final y a descubrir el significado de todo aquello. Sentía que todo estaba en esas páginas, negro sobre blanco.

El tren de medianoche era el título del libro. Y mientras leía, las cosas se aclaraban lenta, inexorablemente.

Era la historia de un hombre que en su infancia había encontrado un libro, una de cuyas imágenes lo aterrorizaba. Había crecido, perdiendo ese recuerdo. Pero una noche, sobre el andén de una estación desierta, se hallaba en la misma escena representada en la imagen; veía la silueta solitaria bajo la bombilla, y luego de reconocerla, emprendía la fuga, horrorizado. Se refugiaba en una casa al borde de la carretera; era conducido a una pieza donde lo esperaba el libro. Finalmente, se ponía a leer desde la primera hasta la última línea… Y ese libro llevaba también por título El tren de medianoche. Y era la historia de un hombre que en su infancia… Así, para siempre, al infinito. No había salida posible.

Sin embargo, cuando Mortimer encontró por tercera vez la historia de la casa junto a la carretera, una sospecha más aguda lo invadió lenta, inexorablemente. Aunque no hubiera salida, al menos podía tratar de comprender mejor los detalles del extraño círculo en el que estaba atrapado. Pero los detalles no tenían nada de particular. Existían desde siempre. Simplemente, Mortimer nunca había captado su sentido profundo. Ero era todo.

El ser misterioso e inquietante que lo había conducido por la vieja escalera… ¿quién era?

En cuanto a esto, la historia mencionaba algo que se le había escapado a Mortimer. Este bizarro anfitrión que le había dado asilo era más o menos de su misma talla. ¿Acaso también él…? ¿Era por eso que llevaba el rostro oculto?

En el momento mismo en que se planteaba esta pregunta, oyó el ruido de la llave en la puerta cerrada. El misterioso anfitrión se le acercó por las espaldas.

Ahora estaba allí, sentado frente a Mortimer, al otro lado del fuego. Con una horrible indolencia, como una mujer que se dispone a arrancarse un velo, levantó la mano para quitarse la capucha. Mortimer sabía qué rostro era ése. Pero ¿estaría muerto o vivo?

No había sino una salida, una sola. Cuando Mortimer se precipitó hacia adelante y se aferró a su atormentador, fue atrapado a su vez por la garganta con la misma fuerza brutal. Los ecos de sus gritos estrangulados se confundieron indistintamente. Y cuando se apagaron se hizo en el cuarto un silencio tal, que habrían podido oírse… el tic-tac del reloj de la planta baja, el latido de su propio corazón, la queja larga y cadenciosa del mar sobre la costa lejana, igual que treinta y ocho años atrás.

Pero Mortimer pudo escapar al fin. Después de todo, quizá logró tomar el tren de medianoche.




"El tren de medianoche" (Midnight express, 1935) del poeta inglés Alfred Noyes (1880-1958), es uno de los cuentos más perfectos que se han escrito sobre el tema del doble, sin rodeos ni detalles innecesarios. Su estructura simbólica e iniciática nos comunica el necesario escalofrío, la momentánea "suspensión de la incredulidad" que es esencial para gozar de un buen relato fantástico. Emiliano González / El libro de lo insólito.

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